Mi cena en un restaurante que acabó en Anafilaxia

Mi cena en un restaurante que acabó en Anafilaxia

¿En qué momento se me ocurre salir a comer fuera con múltiples alergias alimentarias?

Esa es la primera pregunta que me hacen las personas que la padecen y que saben que salgo a comer a restaurantes o viajo. Normalmente, los sitios a los que voy son para mí un “sota, caballo y rey”, con los mismos platos y elaboraciones. He ido aumentando poco a poco mi abanico con los restaurantes que asesoro y formo en materia de concienciación y sensibilización de alergias, intolerancias y otras restricciones alimentarias, pero aún así, es verdad que nunca puedes fiarte del todo.

Hace un tiempo, “me salí del plato” y fui a un restaurante italiano donde, para mi sorpresa, utilizaban la miel como “ingrediente secreto” en sus masas. Menos mal que pregunté, porque soy alérgica a la miel. No podía consumir ninguna pizza ni pan, ni tampoco pasta fresca porque llevaba huevo, y también soy alérgica. Mi sorpresa fue que, el señor que me atendió fue a comprarme un pan a un bazar 24 horas y con eso me hizo un pan de ajo. Para mí fue un detalle tan único que, al salir a comer con unos amigos el viernes, decidimos por apostar por ese lugar otra vez.

Antes de ir, como últimamente acostumbro a hacer, llamé para avisar de mi condición de alérgica y recordarle el detalle que tuvieron conmigo con respecto al pan y asegurarme si podían hacerme la comida aparte, además de comprarme el pan en otro lugar. La persona que atendió el teléfono titubeó un poco pero accedió. Al llegar al establecimiento, lo primero que hago es sacar esta tarjeta (que puedes descargar gratuitamente aquí)  y recordarle mis alergias:



Nos repartieron las cartas, y por un lateral estaba el aviso que suelo encontrarme a menudo: “Tenemos a disposición de nuestros clientes la información relativa a los alérgenos de nuestros platos”, así que igualmente pedí la carta de alérgenos. No la tenían. Les facilité la tarea preguntando directamente si la pasta era de sémola de trigo duro; si los ñoquis, aparte de harina agua y papa llevaban huevo, y si el pesto, además de los ingredientes indicados en la carta, llevaba otro fruto seco no indicado. Prefiero caer pesada antes que por defecto me lleve algún susto, y aunque parezca que haya cosas evidentes, los ñoquis que supuestamente “solo se hacían de harina y papa”, según el camarero, tras preguntar en cocina, contenían HUEVO. En la carta, estaban indicados los siguientes ingredientes del pesto: “nata, aceite de oliva, piñones, albahaca”, y el camarero me aseguró que no llevaba nada más (aunque su expresión precisamente no rebosaba seguridad).

Trajeron mi entrante (un pan de ajo), que parecía no estar hecho con el mismo cariño que la última vez, y aún así, me lo comí enseguida del hambre que tenía. Me desconsolé un poco por las focaccias que comían mis amigos, pero sabía perfectamente que las masas llevaban miel, así que me contuve. Llegó mi plato de macarrones con pesto, y ni siquiera esperé por el resto de personas; tenía muchas ganas de probarlo. Mi pareja estaba enfrente mía soplando su plato mientras yo ya había empezado con la primera cucharada. Pasó un minuto y comencé a sentir un hormigueo que a juzgar por la sensación, parecían los primeros síntomas de alergia. Muchas veces me obsesiono así que no hice caso a la sensación y seguí comiendo. Pasaron dos minutos y mi pareja me estaba observando demasiado. Me preguntó: “¿Está rico el plato?”. Yo lo miré y asentí, estaba callada y seguí comiendo. No quería que notara que estaba empezando a preocuparme, porque las sensaciones iban a más. Tres minutos después me quedé quieta, tragué saliva y sentí esa sensación que creía que no volvería a sentir nunca más si tenía cuidado: un erizo creciendo en mi garganta. Lo miré a los ojos y le dije: “Esto lleva algo que no puedo comer”, y en ese momento, empezó el show.

Me empecé a poner muy nerviosa por lo rápido que iba la reacción y mi acompañante actuó fugaz preguntándome si me ponía la adrenalina. Yo no me lo pensé y le dije que la sacara del bolso. Desheché la que estaba caducada y cuando cogí la que estaba en fecha, el miedo me paralizó. No podía ponerme la adrenalina. Hasta ahora siempre he acudido al servicio de urgencias y me han pinchado urbason, pero esta vez, corría peligro y probablemente no llegaría a tiempo de lo rápido que iba la reacción. Mi acompañante solo me preguntó: “¿Te la pincho?” y dije firmemente: “SÍ”. Me tapé los ojos y sentí que pinchó con energía la adrenalina, tal y como le llevo enseñando con teoría tantos meses atrás. Sentí un fuerte dolor y muchos nervios. Comencé a temblar y llorar y me cogió del brazo en busca de un taxi. Se paró en medio de la carretera y paró a un taxi gritando que necesitaba ir a urgencias.

En el taxi, le dije: “Necesito otra adrenalina, porque la sensación de la garganta no se mitiga”. El problema es que la tenía caducada. Bajamos del taxi y con decisión entró en urgencias del centro de salud gritando: “Está sufriendo una anafilaxia, necesita atención urgente”. Enseguida me pasaron a una sala y tenía cinco enfermeros y un médico atendiéndome. Me pusieron una vía y me dijeron que lo que más estaba sufriendo era un ataque de ansiedad. Y le dije que era normal, porque solo pensaba en que me iba a morir. La pastilla debajo de la lengua me relajó muchísimo, pero mi cuerpo seguía temblando involuntariamente; eran los efectos de la adrenalina. El tiempo pasó muy rápido, y cuando me di cuenta estaba tapada en una camilla en una sala dejando que se pasaran los efectos más graves. Me dieron el alta en urgencias y le dije a mi acompañante que quería volver al restaurante. Esta vez no me iba a quedar sin hacer nada. Quería saber qué le habían puesto a la salsa, porque estaba segurísima que llevaba algún fruto seco, además de los piñones.

Cuando volví al restaurante, el cocinero que estaba en la entrada con el horno de piedra hizo como si no hubiese pasado nada, y el camarero tardó en acercarse a nosotros. Me dijo que lo sentía mucho, porque sabía que había hecho algo mal con el pan, y era meterlo en el mismo horno con 100 pizzas que entraban al día, y que por contaminación cruzada seguramente me habría pasado lo que me pasó. Le dije que podría haber sido el pan, y no fue, le insistí en que era la salsa. Le dije que aparte de los piñones eso llevaba algo más. Le preguntó al cocinero y enseguida dijo: “‘Ah, claro. Puede ser que el cocinero de por la mañana no tuviera piñones y hubiera añadido nueces”. Mi cara de atónita seguida de una expresión muy molesta exclamó: “¿Me estás diciendo que cambian los ingredientes de los platos diariamente o periódicamente sin informar a una clienta alérgica severa que les ha preguntado mil veces y aún así, sin estar seguros, me sirven un plato que acaba de provocarme una anafilaxia?, ¿Qué clase de seguridad me están ofreciendo?”. Lo mejor fue la respuesta, me decían que ellos preparaban 10 pizzas sin gluten, las cocinaban en un horno aparte y tenían cosas sin lactosa. Me indigné muchísimo más y les dije que no tenía nada que ver una persona celíaca o intolerante a la lactosa, que una persona ALÉRGICA que casi muere por una imprudencia. De nada me vale que tengan productos sin gluten y sin lactosa, si luego entre los empleados existe falta de comunicación y cuidado.

No sé si lo peor de todo es que el cocinero decía tener un hijo alérgico que hace pocas semanas acababa de tener una anafilaxia, pero en realidad, no había tenido ninguna precaución con mi comida. Pedí la hoja de reclamaciones, y me dijeron que estaba en todo mi derecho de pedirla. Nunca lo había hecho antes, y aunque me diera algo de pena porque el camarero me explicaba que me compró un pan igual, hizo la comida aparte e informó al cocinero, las cosas salieron mal. Siempre me pasa lo mismo, acabo teniendo yo pena de ellos pero nadie la tiene de mí. Esas cosas pasan a la historia y al olvido y luego no se toman las medidas oportunas porque nadie hace nada al respecto. Nos quedamos en casa lamentándonos por lo sucedido y maldiciendo el sector de la restauración y hostelería.

¿Por qué tenemos que seguir permitiendo que sucedan estas imprudencias? ¿Queremos seguir viendo en los titulares que “alguien” ha muerto de un shock anafiláctico en un restaurante? Yo prefiero dar un golpe en la mesa y hacer todo lo que haga falta porque esto no se quede aquí. No por el camarero, ni por el cocinero, ni por el restaurante, sino en contra del sistema, que no está correctamente establecido, y por supuesto, por todas las personas que podrían evitar esta situación.

Además de todo esto, tuve la gran suerte de estar acompañada de una persona que está muy concienciada y sensibilizada con todo lo que le inculco día a día, y lo puso en práctica en esta situación. Gracias a su frialdad, determinación y seguridad, todo salió de manera muy fluida. Es la primera vez que me atendían tan rápido y fue gracias a su actuación, así que mis reflexiones con esta historia son las siguientes:

  • Si eres alérgico o tienes un familiar con alergias, insiste a las personas de tu entorno cómo se administra la adrenalina y lo que tiene que hacer en caso de anafilaxia. Incluido está la determinación y decisión que se debe de tomar en el centro de salud cuando se acude al servicio de urgencias.

  • Las cartas de alérgenos son un arma de doble filo. Muchas veces no aportan la realidad y existen restaurantes que ni las tienen porque ya ponen sus ingredientes debajo del plato. Insiste SIEMPRE. Y si tienes que ser pesado, lo eres, pero haz entender que están jugando con tu vida. Puede ser que salga todo bien, o que no salgan las cosas como esperabas, pero eso ya es decisión tuya. Los restaurantes deben estar formados en este aspecto, por eso realizo formaciones que a día de hoy solo hace la FACE con el colectivo de Celíacos, y no se hace con las alergias, que son las más peligrosas y mortales.

  • No te resignes. Busca alternativas, educa, informa, divulga y no te victimices. Muestra tu condición y haz saber a tu entorno tu realidad. Si seguimos callados seguiremos siendo invisibles y representamos un 11% de población en España actualmente.

  • La adrenalina actualmente está en desabastecimiento, por eso tenía una caducada. Es muy difícil conseguirla, y si la consigues es con una corta fecha de caducidad. Ese es el medicamento que nos "alarga" o "Salva" la vida antes de llegar al hospital.
  • Si algún día tienes una situación desafortunada, haz algo. No te quedes quieto. Comparte tu historia. Por eso quiero que compartas la mía. Porque esta solo es una pequeña parte de lo que en realidad sucede cada día en el mundo, y no quiero que sea quede ahí o que el día de mañana salga en un titular de un periódico con una noticia peor.

Puedes ver también toda esta historia en vídeo en mi cuenta de Instagram o en mi canal de Youtube:

Quisiera que esta historia tuviera ese toque de optimismo que tiene el resto de mis posts, pero era necesario también una dosis de realidad. Toda esta indignación, dolor, frustración y efectos de la medicación solo consiguen en mí una cosa y es seguir luchando por nuestro colectivo para que todos podamos convivir con el mundo de las alergias y otras restricciones alimentarias.

Un beso sin trazas a todo mi equipo táper